Ya me indigno por todo
Cualquier miércoles de cualquier mes impar, uno puede andar despistado y no fijarse en un semáforo y de repente… un psicópata con un arma de fuego nos dispara a quemarropa con descaro y alevosía, pero sin rencor. Y en ese suspiro de vida que nos queda pensamos en nuestros seres menos odiados. Pero si nos diese por pensar en cuestiones más metafísicas en ese momento, y no en los momentos de borrachera, nos daríamos cuenta de lo injusta y discriminadora que es la eternidad. No es fácil salir a la calle intentando recordar a cada paso que no somos dios y que en cualquier momento nos podemos ir al carajo. Al mismito carajo, allá donde están los buenos y los no tan buenos.
¿Por qué dios (sí, con minúscula ¿pasa algo?) puede cruzar la calle sin reparar en los semáforos y nosotros no? Porque la eternidad no le pide cuentas, por favoritismo, porque se conocen desde siempre. Van siempre juntos. Y no soporto está injusticia.
La eternidad me tiene cogida la medida, sabe lo que voy a durar y cuanto tiempo me va a dejar aprender italiano. Pues lo primero que voy a hacer es desafiarla, no reivindicarla ¡Haré de lo efímero mi bandera! No más conversaciones en los bares; no más novelas, sólo poemas de un verso ¡Y qué felices los eyaculadores precoces! Y además le pienso dar la vuelta, porque la literatura y César me lo permiten. No. César no; es pasado, sí; pero de alguien eterno, así que me volvería a encontrar con la maldita. Así que dejaré la historia y el arte, son los brazos de la eternidad. Creare mi arte y mi propia ficción efímera, seré un loco que paga sus impuestos y que disparará a los peatones para que se percaten de la injusticia a la que estamos sometidos.
